Quizá era que llevábamos casi treinta horas sin dormir trabajando sin descanso y que las ideas empezaban a parecer todas buenas por descabelladas que fueran. Quizá fue porque en la mesa podían contarse más de ochenta cervezas de la peor calidad. Quizá porque nos quedaban quince euros en la cuenta corriente que desaparecerían en unas horas dejándonos con las manos vacías y todos los sueños pisoteados. Quizá fuera porque habíamos cometido todos los excesos posibles y la presión era insufrible. O, quizá, fuera simplemente que la suerte es caprichosa.
Al final acabamos el programa. Lo maquetamos, hicimos un centenar de copias y recogimos nuestra oficina unas horas antes de que el plazo expirara. Oficialmente, la empresa, nuestra sociedad limitada, se había quedado sin un duro y había dejado de existir. Tuvimos que poner nuestros propios teléfonos particulares y pagar de nuestro bolsillo el coste de enviar todas esas copias. Al final, nos llamaron. No nos ofrecieron la luna, ni mucho menos; pero era algo. Pudimos poner un par de condiciones, como utilizar sus instalaciones y su personal, o parte de él. Eso nos dio un poco de aire, el justo. Pero nos aferramos a la estúpida esperanza de ganar lo justo para volver a poner en marcha el motor. Y nos salió bien: pronto llegaron ofertas mejores y compaginamos los dos proyectos. En esa época no ganamos un duro. Todo lo que entraba lo invertíamos en los cimientos de la empresa. La estábamos alzando de nuevo, con más medios que antes y con unos cimientos que nos permitirían andar por nuestra cuenta en cuanto estos proyectos se acabaran. Además, hicimos muy buenos contactos. No es que tratáramos demasiado bien a la gente. Muchas veces nos pasábamos un huevo con ellos. Y creo que ésa fue la clave: todo el mundo sentía que no lo necesitábamos y, por una extraña perversión de la esencia humana, deseaban que los aceptáramos. La suerte estuvo de nuestro lado en todo momento en esos proyectos: los jefazos nos protegieron y nos cuidaron. Se dio consigna de que debíamos ser promocionados y halagados. Nos querían convertir en el buque insignia de la compañía. La competencia nos tentó con un contrato irrechazable. O eso creían ellos. Dijimos que no para mostrar nuestra fidelidad y dar las gracias así por el excelente trato recibido, y eso hizo que el trato excelente y los cuidados se convirtieran en un trato soberbio y unos mimos descomunales. La empresa nos dio varios proyectos en diferentes ámbitos. Y aumentó nuestro caché muchísimo. Con el tiempo, nos hicimos casi intocables y los jefes se vieron obligados a eliminar las escasas limitaciones que nos habían impuesto en ciertas ocasiones: si nos íbamos, se quedaban en cuadro; más les valía tenernos contentos. Y aprovechamos esa enorme libertad para ser más gamberros que nunca. Y quizá fuera la suerte. O quizá fueron las botellas de alcohol que nunca faltaban en el catering. O quizá fue que la gente estaba harta de tanto masaje y quería caña. El caso es que nuestra aceptación subió como la espuma. Lo teníamos todo, pero nos empezaba a cansar. Queríamos volver al principio y ser nuestros propios jefes. Así que firmamos una mejora de contrato y empezamos a quemar Roma. Vendimos todo lo que podíamos. Nos llenamos los bolsillos a un ritmo agigantado. Tensamos la cuerda hasta que se rompió y nos echaron. Nos pusieron de patitas en la calle. Pero habíamos reunido mucho dinero. Y empezamos de nuevo.
Al final acabamos el programa. Lo maquetamos, hicimos un centenar de copias y recogimos nuestra oficina unas horas antes de que el plazo expirara. Oficialmente, la empresa, nuestra sociedad limitada, se había quedado sin un duro y había dejado de existir. Tuvimos que poner nuestros propios teléfonos particulares y pagar de nuestro bolsillo el coste de enviar todas esas copias. Al final, nos llamaron. No nos ofrecieron la luna, ni mucho menos; pero era algo. Pudimos poner un par de condiciones, como utilizar sus instalaciones y su personal, o parte de él. Eso nos dio un poco de aire, el justo. Pero nos aferramos a la estúpida esperanza de ganar lo justo para volver a poner en marcha el motor. Y nos salió bien: pronto llegaron ofertas mejores y compaginamos los dos proyectos. En esa época no ganamos un duro. Todo lo que entraba lo invertíamos en los cimientos de la empresa. La estábamos alzando de nuevo, con más medios que antes y con unos cimientos que nos permitirían andar por nuestra cuenta en cuanto estos proyectos se acabaran. Además, hicimos muy buenos contactos. No es que tratáramos demasiado bien a la gente. Muchas veces nos pasábamos un huevo con ellos. Y creo que ésa fue la clave: todo el mundo sentía que no lo necesitábamos y, por una extraña perversión de la esencia humana, deseaban que los aceptáramos. La suerte estuvo de nuestro lado en todo momento en esos proyectos: los jefazos nos protegieron y nos cuidaron. Se dio consigna de que debíamos ser promocionados y halagados. Nos querían convertir en el buque insignia de la compañía. La competencia nos tentó con un contrato irrechazable. O eso creían ellos. Dijimos que no para mostrar nuestra fidelidad y dar las gracias así por el excelente trato recibido, y eso hizo que el trato excelente y los cuidados se convirtieran en un trato soberbio y unos mimos descomunales. La empresa nos dio varios proyectos en diferentes ámbitos. Y aumentó nuestro caché muchísimo. Con el tiempo, nos hicimos casi intocables y los jefes se vieron obligados a eliminar las escasas limitaciones que nos habían impuesto en ciertas ocasiones: si nos íbamos, se quedaban en cuadro; más les valía tenernos contentos. Y aprovechamos esa enorme libertad para ser más gamberros que nunca. Y quizá fuera la suerte. O quizá fueron las botellas de alcohol que nunca faltaban en el catering. O quizá fue que la gente estaba harta de tanto masaje y quería caña. El caso es que nuestra aceptación subió como la espuma. Lo teníamos todo, pero nos empezaba a cansar. Queríamos volver al principio y ser nuestros propios jefes. Así que firmamos una mejora de contrato y empezamos a quemar Roma. Vendimos todo lo que podíamos. Nos llenamos los bolsillos a un ritmo agigantado. Tensamos la cuerda hasta que se rompió y nos echaron. Nos pusieron de patitas en la calle. Pero habíamos reunido mucho dinero. Y empezamos de nuevo.

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